EL ARTE DE SABER ESCUCHAR.






Nacemos (en ausencia de patología) con la capacidad de oír, siendo uno de los sentidos a través de los cuales percibimos la información que nos rodea…¿y qué pasa con la capacidad de escuchar? ¿ es lo mismo?. A escuchar aprendemos (¡o no!) y qué necesaria resulta dicha capacidad para nutrirnos a través de las relaciones. Necesitamos escuchar, que nos escuchen y sentirnos escuchados. Detrás de este intercambio en la relación se esconden multitud de mensajes saludables y amorosos que guardamos en nuestro registro y permanecen como una “huella emocional”.
Es imprescindible en el contexto terapéutico, y no es una tarea fácil. Yo, a día de hoy, y tras trece años de experiencia profesional, sigo sintiendo la dificultad y soy consciente de las limitaciones con las que todavía cuento en este “arte”. Sin embargo, merece la pena esforzarse y practicar cada vez que tengamos la ocasión; con amigos, pareja, familiares…y sobre todo con nuestros hijos ¡importantísimo! es el primer eslabón de la cadena de las relaciones saludables. Por si os animáis a practicar, ahí van algunas habilidades que el “buen escuchador” maneja a la perfección:
- Siempre está en casa para poder recibir al que viene. Es imprescindible estar en el momento presente. Si estoy en el pasado (rumiando algo que me haya ocurrido) o en el futuro (elaborando planes) no estoy en el presente…y si no estoy…¿cómo voy a atender y escuchar al que tengo enfrente? ¡si no estoy! imposible. Es obvio, pero si somos honestos con nosotros mismos nos daremos cuenta de lo difícil que resulta y cuanto nos cuesta vivir el momento presente, segundo a segundo sin despistarnos por el camino e irnos “a por uvas”. Los niños saben perfectamente cuando estamos para ellos, cuando les estamos escuchando y cuando no, y no siempre podemos o nos sentimos capaces para hacerlo. Cuando esta situación se dé es mucho más saludable ser sincero y explicárselo que hacer un “como si” les estuviéramos escuchando. Y si dudáis, pensad que os parece más respetuoso y que preferiríais vosotros…
- Sabe “escuchar” el lenguaje no verbal. El lenguaje no verbal es amplio (y rico) y engloba todo lo que no es “palabra” (muecas, gesticulaciones, mirada, tono y volumen de voz…). En el contexto terapéutico decimos que este lenguaje es mucho más sincero, miente menos que el verbal, por lo que es importante observarlo y tenerlo en cuenta para poder confrontar al paciente posibles incoherencias/disonancias entre lo que dice (lenguaje verbal) y cómo lo dice (lenguaje no verbal), y de esta manera, quizás, poder poner un poco de luz a lo que se encuentra en sombra, ampliando la conciencia sobre lo que le está ocurriendo y cómo se siente. Aplicado a nuestros hijos, a mí me parece una técnica muy útil también para ayudarles en el proceso de reconocimiento y manejo de sus propias emociones, incluso solamente describiendo cómo les percibimos, sin necesidad de señalar incoherencias. (“¡No paras de reír! ¿estás contento?”, “Esas cejas fruncidas, ¿qué significan?, ¿estás enfadado?”). De esta manera, favorecemos que los niños se sientan “vistos” y “escuchados” en su totalidad a la vez que potenciamos que se sientan seguros. A veces, no saben poner nombre a sus emociones, o se encuentran confusos respecto a lo que sienten (¡es difícil! muchos adultos tampoco saben hacerlo…). Ese “no saber” genera incertidumbre. Ayudarles en esta tarea de “reconocerse” les hace sentirse acompañados y protegidos.
- Tiene una buena “escucha interna” y desde ahí habla si considera necesario intervenir. No juzga, ni aconseja ni soluciona. El “buen escuchador” es bueno en el arte de escuchar a los demás porque primero ha aprendido a escucharse a sí mismo. Sabe parar, mirarse, escucharse, reconocer cómo se siente ante lo que el otro le está contando y qué necesita hacer. Como “buen escuchador” confía en su propio instinto y se deja llevar. No formula planes de acción ni frases tipo “lo que deberías hacer…”. Puede manifestar su opinión sin imponerla porque confía en las capacidades de las personas para “resolver”  y respeta sus elecciones aun cuando pueda no estar de acuerdo con ellas…qué importante confiar en nuestros hijos y “dejarles ser” para que ellos confíen en sí mismos y se permitan “ser” quienes son. La mayoría de los pacientes adultos que acuden a terapia con síntomas de índole depresiva necesitan trabajar en profundidad este punto en el algún momento de la terapia.
Si conseguimos aplicar en el día a día un poco de todo esto con nuestros hijos, les decimos sin hablar…
- Te veo.                                      
- Te atiendo.
- Te escucho.
- Eres importante para mí.
- Te respeto.
- Estoy aquí, contigo. Te acompaño. No estás solo.
- Puedes recurrir a mí cuando lo necesites.
- Me gusta estar contigo.
- Confío en ti.
- Está bien sentirse como te sientes. Está bien no saber cómo te sientes.
- Te quiero…
Y es que, cuando nos escuchamos “de verdad”, nos abrazamos el corazón sin tocarnos.

                                                                                                Silvia Cesteros.
                                                                                                Psicóloga.

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