VIOLENCIA FILIO - PARENTAL: QUÉ, QUIÉN, DÓNDE, CUÁNDO, CÓMO Y POR QUÉ, por Mónica Ruiz

La adolescencia de nuestros hijos, quizás, quede lejos todavía para algunas familias. Quiero compartir algunos de los resultados actuales en relación a la Violencia Filio – Parental ya que es un comportamiento que empieza a manifestarse en la adolescencia pero que se fundamenta durante la infancia, como indican algunos factores de riesgo que más adelante nombraré.
Vamos a analizar esta realidad.
La Violencia Filio – Parental (VFP) es un problema cada vez más evidente en los sistemas de protección social, sanitario y judicial, y aunque a día de hoy todavía existen muchas preguntas por responder, el interés de los profesionales por atender las necesidades de las familias crece, y con ello aumentan las respuestas. Definimos la VFP como un acto de abuso ejercido por los hijos hacia los padres cuyo objetivo es ganar poder y control sobre ellos. Este comportamiento se diferencia de las conductas disruptivas propias de la adolescencia, ya que se considera inaceptable y conlleva importantes secuelas para las víctimas.



En la actualidad diferenciamos tres tipos de VFP:
1. FÍSICA. Consiste en actos de violencia directos como empujar, abofetear, dar patadas o puñetazos a los padres, pegarles con algún objeto, amenazarles con elementos peligrosos, o romper, dar patadas o pintar/rayar objetos del hogar familiar;
2. PSICOLÓGICA. Implica insultos, gritos, intimidar a los padres, jugar maliciosamente con ellos, conducirles a pensar que están locos, hacerles exigencias irreales, insistir en que acaten sus normas, mentir, huir del hogar, y amenazar con suicidarse o con marcharse del hogar sin tener intención de hacerlo; y
3. ECONÓMICA O FINANCIERA. Incluye conductas como robar dinero o pertenencias, vender posesiones de los padres, incurrir en deudas que deberán pagar los progenitores, o exigir a los padres que les compren cosas que no pueden permitirse.

Esta violencia es continuada, y no se produce como defensa propia de agresiones, abusos sexuales o trato vejatorio hacia uno mismo o hacia otros miembros de la familia.
El estudio elaborado en el marco del proyecto de investigación PSI2012-33464 “La violencia escolar, de pareja y filio-parental en la adolescencia desde la perspectiva ecológica”, subvencionado por el Ministerio de Economía y Competitividad de España, estima la prevalencia internacional de la VFP en torno al 10% - 18%. En España hablaríamos del 3,1% en violencia física y del 12,9% en violencia psicológica dentro del ámbito judicial.



Respecto al perfil del maltratador, son mayoritariamente adolescentes varones que ejercen la violencia hacia las madres o cuidadoras que asumen el rol de la crianza, con edades comprendidas entre los 40 – 50 años. Algunos trabajos muestran que, en general, los chicos ejercen más violencia física y las chicas cometen más violencia psicológica; no hay diferencias por género en violencia financiera.


Estos adolescentes, cuya capacidad de introspección y autodominio es escasa, habitualmente son poco empáticos, muy impulsivos y con baja tolerancia a la frustración. Además muestran tendencia hacia la irritabilidad y dificultades para controlar la ira, su modo de actuar es egoísta, y suelen creer que las cosas ocurren por azar o por el poder de otros y por tanto no pueden controlarlo por mucho que se esfuercen (locus de control externo). A nivel emocional su autoestima suele ser baja, se sienten poco satisfechos con la vida, tienen dificultad para expresar sus emociones (alexitimia), y pueden presentar una combinación de síntomas como angustia o problemas de sueño que les causa sufrimiento o malestar psicológico. Por otro lado, el consumo de sustancias tóxicas suele ser un disparador de la violencia, y en algunos casos la VFP converge con problemas de salud infanto-juvenil o con otro tipo de problemáticas antisociales fuera del ámbito familiar.

Dentro del contexto familiar, con la premisa de ‘no frustrar a los hijos’, los padres ejercen un estilo educativo principalmente permisivo, con ausencia de normas y reglas, donde los hijos cuentan con un elevado nivel de autonomía y responsabilidad impropio de su edad y madurez (ej edad de inicio del uso del móvil o salidas lúdico-festivas). Otros estilos educativos relacionados con la VFP son el autoritario y el negligente; si bien en términos generales hablamos de padres que ejercen un tipo de disciplina inconsistente, son críticos con sus hijos, y se percibe una baja cohesión afectiva entre ellos. Por último y quizás lo más relevante a destacar que ser testigo de violencia en la familia aumenta la probabilidad de que los hijos ejerzan violencia, ya que la identifican como legítima, útil y eficaz para resolver los conflictos.

También es importante destacar que la VFP no sólo concierne al ámbito familiar sino que también atañe a los ámbitos escolar y comunitario: los adolescentes que ejercen este tipo de violencia también presentan bajo rendimiento académico, tienen problemas para adaptarse a la escuela y suelen rechazarla; sus grupos de iguales suelen ser de riesgo (bien porque también ejercen VFP, bien porque presentan otro tipo de relaciones disfuncionales). Además estos adolescentes han crecido en una sociedad con valores violentos, donde prima la búsqueda del éxito fácil y los comportamientos inaceptables se permiten con naturalidad; el estilo democrático ha sido mal entendido y los roles naturales entre padres e hijos se ha reducido dentro y fuera del sistema familiar.


Con todo ello, y en respuesta al qué hacer y cómo actuar, destacar que la VFP es una problemática pluricausal que necesita medidas profesionales rigurosas y eficaces como las llevadas a cabo desde la Terapia Familiar Funcional y la Terapia Familiar Sistémica, terapias cuya filosofía se basa en que la conducta del adolescente ha de entenderse en el contexto en el que vive, y los objetivos de intervención van dirigidos a cambiar el patrón de interacción familiar y promover la colaboración entre los servicios implicados con el joven. Además, son programas con un buen nivel de protocolización, sometidos a evaluación continua de los cambios y resultados por parte de profesionales de alta cualificación. La situación actual pone de manifiesto la importancia, no sólo de seguir ampliando el conocimiento de la VFP en todos sus sentidos, sino también de poner en marcha campañas de sensibilización y prevención temprana, ya que las consecuencias tanto para los jóvenes como para sus familias conllevan elevados niveles de sufrimiento y un importante coste vital.

Artículo basado en la revista INFOCOP, número 71. Octubre – Diciembre 2015. Mª Luisa Martínez y Estefanía Estévez. Universidad Miguel Hernández de Elch

Mónica Ruiz Romero
Col.16209

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