Testimonios Anónimos que nos llegan



La primera (y única vez) que asistí y salí de una reunión de Alcohólicos Anónimos recuerdo haberlo “celebrado” bebiendo en cuanto llegué a casa.
Recuerdo la sensación de alivio cuando las personas (ex alcohólicas) que allí se encontraban, sus caras, sus rostros, sus vidas, indicaban por dónde habían pasado y de dónde venían (y con qué heridas se habían quedado en sus miradas).
Recuerdo con desagrado llegar con el tiempo justo al momento de la reunión.
Pensé que llegaría al menos con 10-15’ de margen, para que me diera tiempo a tomarme una copa en el bar de al lado, y poder afrontar tranquilamente la vergüenza o el reparo que me daba llegar hasta allí y enfrentarme a una situación que llevaba retrasando mes tras mes.

Recuerdo sentirme aliviado cuando vi la entrada de esa parroquia (como pude comprobar con anterioridad, casi todas las reuniones presenciales de Alcohólicos Anónimos se realizan en locales de iglesias o parroquias, supongo que como recurso más fácil para encontrar un local a bajo coste), donde casi de noche, apenas se dejaba entrever una luz tenue y un local con aspecto de desangelado y casi desierto.
Recuerdo como al entrar me encontré a no menos de 30 personas, llenando un local, lleno de mesas y sillas en círculo donde se ofrecía café y pastas con los que animar la reunión.
Nunca pensé que me encontraría a tanta gente.
Era una reunión de entrada libre, como la que hacen todos los primeros lunes de cada mes, y ese mes, el “invitado de honor” fui yo (la única persona nueva de todas las que estaban allí presentes).

Todos los miembros del grupo (y sus familiares) estaban allí presentes, en un día en el que no hay reunión oficial, para recibir a aquellas personas nuevas que podrían acercarse -la asistencia no hay que confirmarla- para ver de qué va toda esta “película” (en sus 80 años de historia existen ya más de 116.000 grupos diseminados por todo el mundo. Me pareció un dato brutal).
Me sentí el centro de atención inmediatamente, sin pretenderlo. Nada más entrar por la puerta y comprobar que no había ninguna silla libre. Era el último en llegar. Y eso que fui “estrictamente” puntual. Inaudito.
Algo que no me gustaba tampoco era saber la duración de esta reunión o charla informativa.

Duró lo que tenía que durar. Hasta que hablaron todos y cada uno de las 19 personas que pertenecían a este grupo o círculo.
Recuerdo los testimonios de vidas y experiencias que harían estremecer hasta el más insensible de los mortales.
Recuerdo lo bien que me hicieron sentir durante la reunión, salvo por las ganas que tenía de salir corriendo.
Recuerdo el descanso de 15’ a mitad de las dos horas interminables en donde se me acercó tanta gente a hablar conmigo de forma tan agradable y amistosa. Y sin embargo, quería seguir huyendo.

Recuerdo las palabras de una mujer, al volver dentro una vez terminado el descanso, muy amable y agradable, diciéndome que la persona más importante de ese día, de esa reunión, era sin duda YO.
Recuerdo también las palabras de un hombre, el siguiente que habló después de esa mujer, que dijo justo todo lo contrario. Que yo no era la persona más importante de ese día. Que lo sería si fuese un segundo día, y “repitiese” reunión. Ese hombre consiguió mirar dentro de mí de forma más fácil e incisiva. Muchos años de experiencia de ver a muchas personas acercarse a este tipo de reuniones. Saber en pocas palabras si tu eres de los que se acercan allí por curiosidad o eres de los que tienen un problema grande y grave, y tienes intención y convicción de buscar una solución al mismo.

Si eres de los que te escondes y no le dices a tu familia donde vas a ir, o si eres de los que te haces acompañar de tus hijos (adolescentes) y parejas porque necesitas de su ayuda presencial para poder seguir viniendo todos los días que hay grupo.
Recuerdo personas que llevan viniendo a este tipo de grupos más de 30 años. Más de 30 años sin probar una gota de alcohol. Personas que saben lo que es tocar fondo. Tocar fondo de verdad.
Recuerdo personas que van todos los días a este tipo de grupos. Grupos dos o tres veces por semana en un barrio, y que buscan otros grupos, otros lugares, y otros días en otros barrios… El caso es no dejar de “tomar su dosis” de salvación. Su particular medicación. El único respiro que sus vidas pasadas, amenazantes siempre en sus cabezas (sus testimonios narrados en cada sesión, que les hacen revivir todos los días), les dejan a diario.

Recuerdo ver hombres, mujeres, de todas las edades y condiciones.
Recuerdo como compartimos nuestras primeras vivencias con el alcohol y otras drogas. 12 años. 13 años. 14 años… Lo habitual.
Todos hemos tenido borracheras de escándalo en donde a partir de determinado momento, nos olvidábamos de lo que ocurría delante de nuestros ojos y nuestros vasos o copas. Que inteligente es nuestro cerebro. Como acepta desconectarse y dejar de acompañar una situación aberrante.
Recuerdo muchos testimonios en donde se reconocía que todos hemos empezado a beber en algún momento de nuestras vidas para superar esa timidez que deseábamos vencer con facilidad.

Todos nos hemos sentido seguros de nosotros mismos porque hasta la cuarta o quinta copa controlamos, y no vemos el peligro más allá. Aunque sepamos, que ese peligro, siempre acaba llegando.
Todos hemos tenido problemas en encontrar dónde estaba aparcado nuestro coche al día siguiente (incluso los días en los que no bebemos -acertó a decir uno de los asistentes-).
Todos hemos tenido algún accidente de coche con mayor o menor suerte o desgracia, en donde le hemos dejado más irreconocible si cabe, que a nosotros mismos. Siniestro total dicen. Supongo que refiriéndose a los coches.

Quizá nuestros hijos sean capaces de superar nuestras limitaciones y miedos.
Quizá seamos capaces de revertir esta situación.
Quizá seamos capaces de reconocer que tenemos un problema.
Pero hoy me temo que no va a ser ese día.

Bendita denominación de “bebedor social” me encontré esa misma noche, en mitad de la reunión, expresión que llegué a escuchar en varias ocasiones y que rápidamente hice mía. Expresión que se refiere a todas esas personas que beben a diario. Por costumbre. Porque les gusta. Porque incluso creen “controlar” la situación. Porque piensan que no es tan grave. Que lo dejarán en cuanto se lo propongan. Porque son capaces de querer dejar de beber en cualquier momento, pero no quieren renunciar a beber en las “grandes ocasiones”. Esos fines de semana gloriosos, donde la cantidad de alcohol es proporcional a las ganas de divertirse. Esas bodas o reuniones familiares donde el principal motivo de reunión y disfrute no es ver a nadie, sino ser capaces de beber sin que eso suponga un problema delante de nadie. El consumo de alcohol está tan normalizado y “legalizado socialmente” que a nadie le escandalice incluso el consumo o ingesta en grandes cantidades, incluso, con tus propios hijos de testigos.

La distancia a la copa es la misma para todos.
Para el que lleva 30 años sin beber, o para el que ha empezado hoy mismo.
Eso también me quedó muy claro. Lo repitieron varias veces a lo largo de la reunión.
Tan claro como que fue lo primero que hice al llegar a casa. Buscar esa distancia tan corta entre mi copa y yo. Y hacerla más corta todavía.
¿Seremos capaces de vencer una situación como en la que nos sumerge el alcohol sin necesidad de tocar fondo?

Recuerda. La peor copa no es la cuarta o la quinta. No. Es la primera. Eso también me quedó claro. A pesar de que no le hice ni maldito caso.
Sigo sin tocar fondo. Sigo sin ver la solución al problema. Sigo siendo un “bebedor social”, que disfruta bebiendo y venciendo su timidez con unas copas de más…
Y me gusta beber y seguir bebiendo. Porque todavía no he tocado fondo y tengo margen de maniobra todavía.
La vida sigue. Y el consumo de alcohol también.


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