Mi parto, por Marta

Son las 20.00 de un miércoles tormentoso. En el mismo instante en que un trueno rompe el silencio, yo noto que algo se rompe dentro de mí.
Voy al baño. Y en el suelo veo gotitas: he roto aguas. Pienso en todas las veces que me han dicho que desde que se rompe la bolsa hasta que empieza el parto pueden pasar horas, así que decido darme una ducha e irme a descansar. Ya iremos al hospital por la mañana, hay tiempo. Justo cuando acaba de pasar ese pensamiento por mi cabeza, llega la primera contracción. Bueno, no pasa nada, ya sé que para estar de parto se tienen que dar cada 5min un mínimo de media hora. A los 5 min tengo otra, y a los 5 otra. Uf... parece que esto va a ir más rápido de lo que imaginaba... A la media hora las tengo cada 4 min, y 15 min después, cada 3. Decidimos ir al hospital.
A las 22.30 estamos entrando por la puerta de urgencias. María José, la comadrona que nos acompañará durante todo el parto me dice que me tiene que hacer un tacto. Le digo que no me quiero estirar, que el dolor entonces se hace más intenso, y me contesta que es lógico y que puedo hacer lo que yo quiera. Pasamos a paritorio. Me pone las correas para saber cómo estás. Perfecto. Y también me dice que estoy dilatada de 5cm. Me vuelvo a poner de pie, y ya no me sentaré hasta que hayas salido. Las contracciones ahora son cada 2 min y muy dolorosas.  Papá no está porque ha ido a aparcar el coche. Pero estoy tranquila, me escucho, te escucho, me dejo llevar...
Cuando llega papá, le entrega el plan de parto, y María José me dice que hay que poner una vía por si acaso. Esperamos a que acabe la contracción, y lo hace. Respeta mis ritmos, mis tempos, comprueba que estás bien arrodillándose a mi lado y aguantando el aparato con su mano. No me molesta. Papá me acompaña en cada contracción.
En un momento dado siento que tengo ganas de hacer caca. Se lo digo, y me contesta que eso es que tú ya quieres salir. Me pide permiso para hacer un nuevo tacto: dilatación total. El dolor es enorme, y yo no quiero aguantar más. No puedo. Aprieto: es una liberación para mi... hago caca. Un pequeño descanso y llega otra contracción. El dolor cada vez es más intenso, y yo empiezo a dudar si podré soportarlo. Sí, podré. El hecho de saber que ese dolor te acerca a mí, me ayuda. Siento que me voy a partir en dos, y es en ese momento cuando sé que tu cabecita ya está saliendo. María José me dice que deje de empujar, que más suave o me haré daño. “y eso como se hace?”, pienso. Lo consigo. Otra contracción, otro empujón. Hay una vuelta de cordón en tu cuello. Ella, rápidamente la quita. Ya estas aquí. Te recojo mientras acabas de salir, me siento y te abrazo. Eres precioso. Son las 00.10 del jueves.

“Lo hemos conseguido, amor” le digo a papá.

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