Trans*formando la sociedad, 1ª parte, por Cristina Palacios


Aunque no siempre seamos conscientes de ello, cotidianamente nos relacionamos con personas transexuales, con personas trans*,  por eso abordar la transexualidad es importante porque todas las personas tienen derecho a vivir su vida sin discriminación, participando activamente y a voluntad en todos los ámbitos sociales.

Todas las personas nos enfrentamos a ciertas reglas sociales sobre lo que es «normal», lo deseable, que hacen referencia al cuerpo, a los comportamientos y al aspecto físico sobretodo, que ejercen un poderoso poder sobre cómo nos sentimos íntimamente y cómo nos comportamos en la sociedad. Son estas mismas reglas las que coartan las vidas de muchas  personas trans*.

Las personas trans* y sus realidades nos confrontan con ciertas normas sociales que damos por «buenas», por modelos a seguir, y que nos resistimos a cuestionar, pero que generan muchísimo sufrimiento y frustración a muchas personas, casi siempre menores de edad.

Algunas de estas normas sociales dirán, que por ejemplo, «los chicos no lloran», “que las mujeres son sensibles y dulces”,  “que no seas una nenaza”, “se un hombre como dios manda”, etc. Toda una serie de ideas y esteriotipos extendidos, que limitan nuestras conductas y que generan una idea homogeneizante y falsa de que todas las mujeres y todos los hombres son idénticxs entre  sí.

Si lo pensamos detenidamente, veremos como la sociedad lleva siglos cometiendo el mismo error en el momento del parto al asignar una identidad sexual a los recién nacidos, solamente en base a su genital. Esta asignación rígida, poco científica y a veces errónea, da pie a una dictadura que reparte el mundo en un sistema binarista de hombres y mujeres, sin dejar hueco o espacio para la diversidad y las otras múltiples variables que la Naturaleza tiene previstas,  entre ellas la transexualidad.

Las personas transexuales  viven una disconformidad interna (psicológica) entre el sexo que se les asignó por error al nacer y el sexo al que se sienten pertenecer y con el que quieren vivir socialmente. Y a día de hoy el conocimiento ha avanzado lo suficiente como para entender que esto no es ni una enfermedad, ni un trastorno; que es una variante más  de la fantástica diversidad humana.  Es decir, la transexualidad es un desafío a la idea que solo existen hombres con pene y sexo cromosómico XY o mujeres con vulva y sexo cromosómico XX, ya que nacer hombre o mujer, implica sentirse como tales independientemente del sexo gonadal, fenotípico, corporal y/ o genital. Y si bien no es lo más frecuente, puede darse casos, las estadísticas hablan de 1/1500, en que la sexuación cerebral vaya en una dirección, y la sexuación genital en otra. Es el caso de las niñas/mujeres con pene y los niños/hombre con vulva.

Como dice el gran sexólogo Joserra Landa “ la identidad sexual no se haya entre las piernas, sino entre las orejas”.

Pero para conocer con cierta certeza la identidad de un niño o una niña, habrá que esperar hasta que, con la conquista de lenguaje, alrededor de los 2-3 años, sea capaz de nombrarse, y empiece a expresar lo que su cerebro le dicta que es, su verdadera identidad sentida : “Soy un niño” o “Soy una niña”. Y esto no es algo que se elige, o que se prefiere. SE ES.

Por supuesto, sobre esa identidad sexual del menor se irá construyendo su personalidad que, sin lugar a dudas, y muchas veces de manera brutal, irá siendo moldeada por los roles de género impuestos socialmente, por las expectativas y las normas sociales que definen como “deben de ser” los niños y cómo las niñas.

Las familias hemos estado criando a nuestrxs hijxs según el sexo que se les presuponía, el que se le asignó por error al nacer, no solo las familias sino también en las guarderías, colegios, vecindario, familia extensa …, pero la fuerza arrolladora de su verdadera identidad sexual, ha quebrado, ha desbordado las imposiciones y expectativas de género, lo que nos demuestra que la construcción social no explica la razón de su identidad, ya que tienen una identidad sexual estable y bien fundada, pese a los innumerables obstáculos y exigencias sociales.

Pero esta tiranía social de lo que debemos ser, ha estado provocando que históricamente una parte de la humanidad se ha visto siempre relegada a “ningún lugar” y, a la vez, maltratada e  invisibilizada, y lo que NO SE VE, NO EXISTE.

Este es el caso de nuestr@s hij@s, personas que desde niñ@s son relegados al olvido, a su negación por parte de quienes les rodean. Y este silencio y negación abarca todos los eslabones de la sociedad hasta llegar al propio niñ@ que percibe el tabú, que se da cuenta que no tiene derecho a mostrarse públicamente como es, ya que siente y observa que por encima de todo el equivocado es él, y que por tanto tiene que ajustarse a lo que la sociedad entiende, por “normal”, fantástica palabra... Para ello no le queda más remedio que vivir una doble vida, una vida de mentira, siempre interpretada bajo el disfraz que ha de coincidir con el sexo asignado. Por desgracia, crecer en una sociedad donde las formas de ser de niños y niñas son tan rígidas, incumplirlas, los exponen a un estado de vulnerabilidad permanente.

Esta desaprobación y censura social a la que se enfrentan las personas trans* desde bien pequeñas debido a cómo personifican la masculinidad y/o la feminidad, hace que se les juzgue de manera global, el «todo» por una «parte» (ser trans*), es decir,  el hecho de ser transexual pasa a formar parte del sujeto como un hecho negativo que describe y limita completamente a la persona, cuando evidentemente la transexualidad solo es una característica más de su personalidad, pero no su definición como tal.




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