Vivan las feas

Cuando supe que estaba embarazada, enseguida empecé a fantasear con la idea de una preciosa sesión de fotos con mi barriga que al final nunca llegó a hacerse realidad. ¿Por qué? Pues porque mi apariencia en el último trimestre se parecía más al de un chimpancé desaliñado que al de una modelo con un cojín bajo la camiseta, que es lo que suele mostrar la publicidad.


El embarazo puede sentarnos estupendamente y hacer que nos veamos más guapas que nunca, pero también nos puede pasar todo lo contrario.

Yo he vivido las dos situaciones en mis dos embarazos y, curiosamente, en mi caso se cumplió el topicazo de "guapa=niño; fea= niña". Con mi niño tenía un brillo especial en la cara, dejé de usar crema suavizante en el pelo porque no me hacía falta y apenas me depilaba. En cambio, el embarazo de mi niña fue laaaarrrrrgo como un día sin pan. Y más allá de los achaques (estuve vomitando desde el primer día hasta el último), estaba fea como nunca.

Hay mucha bibliografía sobre molestias en el embarazo pero muy poca sobre estética, especialmente en casos en los que el embarazo sienta mal, pero esos problemas también existen, y me hubiera gustado saberlo porque yo me moría de vergüenza (y de calor) en pleno verano intentando ocultar una panza peluda.

Así que del mismo modo que últimamente se reivindican en la publicidad las mujeres reales, yo reivindico desde aquí las embarazadas reales! Que las hay bellísimas, pero también las hay tremendas como yo. ¡Las embarazadas de tobillos hinchados y manchas en la cara que cojean por la ciática! ¡Presumid, porque son solo unos meses y luego echaréis de menos sentir otra vida dentro de vosotras! ¡Vivan las feas!








Cris. Educadora social especializada en atención temprana, mamá de dos y directora editorial.

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