Testimonios: Los resultados de la educación con apego

Buenos días / Buenas tardes

Mi nombre es Víctor. Tengo 43 años y crío en solitario a mis dos hijos de 9 y 7 años (Miguel y Ana), a los cuales desde hace pocos meses les he incorporado a un nuevo modelo de crianza que rompe con todo lo establecido anteriormente, o por lo menos con todo lo que yo entendía hasta el  momento que significaba la educación más tradicional y “normal”.

Con mis hijos no practicamos en su día colecho porque era una palabra que ni siquiera estaba en nuestro particular diccionario de paternidad, abandonaron relativamente pronto la lactancia materna (por exigencias laborables en su día), y empezaron su “escolarización” cuando todavía no se mantenían en pie (a los 4 meses mi hijo mayor comenzó a ir a la guardería casi 12 horas al día, también por “exigencias laborables”).

Por supuesto empezaron a dormir pronto en sus respectivas habitaciones. Se les quitó el chupete y el pañal cuando creíamos conveniente o cuando así parecía desde fuera que lo teníamos que hacer o nos recomendaban hacerlo, y hacíamos caso al “pie de la letra” de los/las pediatras y de las malditas tablas de percentiles, más obsesionados con seguir las pautas y cifras marcadas que de disfrutar del momento más importante de nuestras vidas…

En ocasiones (en más de las deseables) he gritado y dado algún cachete a mis hijos, sobre todo de pequeños, en aquellos momentos en los que la paciencia no me ha acompañado los suficiente (quizás y sin que sirva de excusa, con parte de culpa por el ritmo de vida que llevamos y el estrés que acumulamos a lo largo del día).

Nunca pensé que hacía nada malo. Todo lo contrario. Lo normal era escuchar comentarios del tipo: “Un cachete a tiempo evita que un niño llore durante mucho tiempo” y lindezas semejantes…

Visto con los ojos de hoy en día, no se puede venir de un extremo más alejado de lo que ahora intento poner en práctica. Hace 7 meses, fruto probablemente de las casualidades que a veces las redes sociales te ponen a mano, descubrí grupos de crianza en donde se cuestionaban los métodos tradicionales (o tradicionalistas, que suena un poco más “despectivo” y con razón), y se intentaba hacer las cosas de forma diferente. Muy diferente.

Mis hijos, por culpa de la separación de sus padres, y por la mala gestión nuestra de dejar que nuestros intereses estuvieran siempre por encima de los suyos, han tenido una infancia cuanto menos tumultuosa, sin saber cuándo podrían ver a la “otra parte” que no estaba con ellos, sin saber si esa “otra parte” iba siquiera a volver a verles, y durante cuánto tiempo cuando lo hacía. Han cambiado de domicilio multitud de veces. De colegios otras tantas. Nunca han sabido lo que es tener un círculo cerrado de amigos. Han ido pasando de mano en mano hasta que por fin la estabilidad (a través de la consabida sentencia judicial que “solo” tardó 3 años) ha llegado a sus vidas. Y no me refiero solo a la estabilidad de casa, colegio y familia, sino también a su estabilidad emocional.

En fin. Todas las carencias y frustaciones que han tenido de pequeños, que no han sabido gestionar por sus tempranas edades y que nadie ha sabido escuchar ni preveer, están ahora saliendo a relucir.

Así que, a grandes males grandes remedios.

Tenía la opción de seguir el camino marcado por la sociedad. De frenar su ira, sus malos modos, sus genios, sus respectivas rebeldías “con causa”, con castigos, con autoridad, con firmeza, vamos con lo que siempre se ha entendido como “mano dura”.

O tenía la opción de intentar ponerme en su lugar. De ser respetuoso con su dolor. Con sus sentimientos. Con las emociones que a veces les surgen y que ellos mismos no saben ni explicar ni entender. Podía intentar practicar un poco más de “escucha activa”. De intentar entenderles, no imponerles. De explicarles de forma detallada como solucionar determinados conflictos. Podría importarme más por sus vidas. Implicarme más en su día a día. Compartir más momentos con ellos. No servirles únicamente como refugio y como alimento en sus vidas. Empezar a contar con ellos para consensuar las normas de convivencia en la casa. Olvidarse de reglas. De castigos. De premios. Y en esas estamos. Con algunos días más afortunados que otros.

El verano está siendo arduo e intenso. Intenso para mí porque voy caminando por un recorrido nuevo en nuestras vidas que no sé a dónde nos llevará, aunque confío en que sea un destino más despejado y feliz del que hemos estado hasta el día de hoy.

Mis hijos están empezando a cuestionar mi autoridad.

Empiezo a escuchar frases que van más allá del rotundo “NO”. No quiero ir a este sitio, no me puedes obligar a hacer esto, no me grites, no me gusta esto o lo otro…

Mis hijos me hacen frente. A veces como resultado de las típicas rabietas provocadas por el cansancio o el aburrimiento, y a veces provocadas y razonadas con argumentos que dejarían sin respuesta a muchos adultos. Y con mucha razón y sentimiento en sus palabras.

Están creciendo. Y están creciendo con más libertad y con unos límites que no son infinitos, pero sí más respetuosos.

Y son unos comportamientos (los suyos y los míos) que en muchas partes no se entienden ni se comparten, y que suscitan todo tipo de dudas en mi entorno más cercano (familia, amistades, padres de compañeros de clase, etc.).

Ese es quizá mi “único” miedo. Que al final todo el trabajo (en el cual yo sí confío plenamente) que hacemos en casa los tres juntos (mis hijos y yo) les “confunda” y repercuta cuando tengan que verse en situaciones y en escenarios en los que no se respeta otra forma diferente de hacer las cosas.

Quizá las dudas se resuelvan dentro de unos años. Quizá esas personas que dudan de mis métodos “nuevos” ni siquiera estén ya en mi vida en un futuro cercano. Quizá todas esas personas nuevas que sí creen en estos métodos, y que poco a poco se van incorporando a nuestras vidas, sean el mejor testimonio y la mejor prueba de que estamos haciendo las cosas mucho mejor, y de que empezamos a ser mucho más felices de lo que hemos sido jamás…
Seguimos andando por el camino de las baldosas amarillas.


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Y si quieres conocer el otro lado, las consecuencias de la educación tradicional, puedes leer estos testimonios:

-Consecuencias de los estilos de crianza en primera persona.
-Los fantasmas de la maternidad

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