Catarsis

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No sé si todas las madres tienen, de alguna manera, secretos absolutos. Secretos que solo saben ellas, que jamás han contado a nadie porque, una vez que son madres, está mal visto, incluso para ellas mismas, mantener un vínculo mental, bueno o malo, con la mujer que han sido hasta ese momento. Pensamientos que realmente existien pero que se entierran en lo más profundo de la mente para que no se atrevan a asomar una vez que se ha creado una familia feliz...

 Sé, por ejemplo, que mi amiga C no se atreve a decirle a su marido que tiene celos de su exmujer, y que sabe que esto es un sinsentido porque no mantienen ningún tipo de relación con ella, pero no lo puede evitar. Y sé que A., con cuatro hijos ya mayores, va apartando dinero de vez en cuando sin que se entere su pareja, porque están muy mal de dinero, para darse de vez en cuando un masaje, o un tratamiento en un salón de estética para poder seguir soportando la vida gris que lleva.

 Y es que mantener algunos secretos es como mantener lava en las manos. Quizás aquí alguien me entienda.




Entre el nacimiento de mi primer y mi segundo hijo (con el primero fui madre soltera) mantuve dos relaciones que me marcaron. La primera para bien. La segunda para mal.

La primera, en una época pletórica en la que volvía a retomar las riendas de mi vida, con una casa, un trabajo y mi niño dejando de ser un bebé, conocí a un hombre guapo, simpático, gracioso, amoroso... Creo que nunca llegué a enamorarme, pero me gustaba estar con él, me trataba genial, era feliz. Simplemente, no estaba enamorada, a él le salió un trabajo en otra ciudad, no quise ir con él, no me merecía la pena trastocar el mundo de mi hijo, y aunque venía a verme continuamente, la cosa se fue enfriando hasta que me aburrí definitivamente. En total, unos cuatro años.

 La segunda relación, en una época en la que andaba más apagada (un trabajo que no me gustaba, problemas con mi familia, etc.), me acabé dejando querer por un hombre después de muchos meses de conquista, pero en el momento que la relación se formalizó, todo empezó a cambiar. Él, que tanto había insistido y tantísimo amor tenía guardado para mí, de repente parecía crisparse solo con mi presencia. Tenía unas rutinas estrictas, unas costumbres que me resultaban extrañas y el trato que nos daba, tanto a mí como a mi hijo, era cada vez peor en una progresión tan sutil que me costó distinguir que habíamos cruzado la línea del maltrato. Él no era un maltratador (aunque en la práctica sí lo era): Era un hombre atormentado con una discapacidad que no sabía gestionar, y todo a su alrededor era resentimiento. Me quería, pero en el momento en que pasé a formar parte de su vida, yo también me convertí en parte de su lastre.

Yo trataba de aguantar porque, por una parte, me daba vergüenza terminar con todo cuando por fin me había decidido a oficializar la relación y nos habíamos ido a vivir juntos y, por otra parte, conocía su discapacidad y sus dificultades y pensaba que podía ser una fase de adaptación... Pero cada vez iba a peor. Además, el ambiente era tan denso que costaba salir de allí como de arenas movedizas.

Hablé con su exmujer, que me confirmó que era una buena persona pero un inválido emocional. Fui a dos psicólogos. Fui a la asociación de discapacitados con su problema de mi comunidad. Me metí en foros de internet sobre el tema, y allí por fin encontré comprensión de una manera similar a la que ahora encuentro en esta tribu, y prácticamente me quedé a vivir en ese mundo virtual. Pero mi hijo me necesitaba, y eso era una lucha porque yo no tenía fuerzas para nada...

Tardé en largarme de allí dos años eternos. Y cuando volví a asomar la cabeza al mundo me molestaba hasta la luz del sol. Una analítica que me hice a raíz de lo que creía que eran unos hematomas y resultaron ser escaras de tanto estar en la cama, reveló de todo...

Hoy, unos cuantos años más tarde, eso queda muy lejano. Tanto, que casi parece que me lo han contado y que no me pasó a mí. Estoy casada con un hombre estupendo, tengo dos niños preciosos y llevo una vida normal. Entonces, ¿cuál es el problema? No sé exactamente si hay algún problema, pero por las noches, antes de dormir, cuando ya todo está en silencio, a veces me invade la melancolía. ¿Por qué no me quedé con mi primera relación? Vale que ahora también tengo un hombre estupendo y no tendría a mi niño pequeño que es mi vida, pero me hubiera ahorrado un infierno... Total, para llegar al mismo punto: un hombre guapo, simpático, gracioso, amoroso... Pero yo no soy la misma. Soy feliz pero manteniendo la prudencia, como si hubiera hecho un muro de contención al exceso de felicidad, por si acaso... Y arrastro algunos pequeños problemas médicos, que son pequeños pero que han pasado a ser crónicos, y que cumplen a su vez la función de recordatorio permanente de una parte de mí que no me gusta.

Mi marido no tiene ni idea de que a mi mejor amiga, la que nos ha regalado la cuna del bebé, salió de un foro de internet. No tiene ni idea de que a veces echo de menos una vida anterior (porque hasta ahora ni si quiera me había atrevido a reconocérmelo a mí misma), no tiene ni idea de que de vez en cuando vemos algo por televisión, o me hace algún comentario, o nos cruzamos con alguien por la calle... que me recuerda a otra realidad. Y yo me siento horriblemente culpable a veces cuando ahora, con mis dos hijos preciosos, se me pasan por la cabeza algunas ideas que no puedo controlar.

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