Mitos

Muchas veces hemos hablado de opinólogos que, en resumen, son esa gente que, avalados por la desvergüenza que les concede la ignorancia, se permiten decir cosas como: "¿Todavía le das teta con siete meses??? Eso ya no le alimenta." Pero hoy me apetece hablar de la gente que va un poco más haya. Cuando la opinología llena al extremo del surrealismo:

Cuando me quedé embarazada de mi primer hijo, vivía sola en un barrio con un ambiente un poco marginal. Mis vecinas estaban escandalizadísimas de que viviera sola y no podían entender cómo no se me cortaba la leche del cola-cao cuando me hacía el desayuno, porque todo el mundo sabe que una embarazada no puede manipular lácteos ni hacer mayonesa.

Durante el primer trimestre, la paranoia general era que iba a tener una niña. Yo les aseguraba que no, por llevar la contraria (cosa que me encanta), y ellas "que sí, que sí", con argumentos como "tú tienes el molde de las niñas", "de ti no puede salir otra cosa que una niña" (supongo que porque yo era muy joven y tenía cara de niña), etc. Y yo insistía en que no, que iba a ser niño, que "lo sé porque soy mu bruhhha".

Cuando en la ecografía de las 12 semanas el ginecólogo se atrevió a confirmarme que era niño, volví a mi casa exultante. "¡Es niño!", le decía a todo el que me encontraba. Y aún así las gitanas seguían empeñadas en que el ginecólogo se había equivocado.

Más adelante, cuando se me empezó a notar la tripa, la cosa volvió empezar: "Uuuh, la tienes picúa y baja, va a ser niña". Y yo ya rallada, le hablaba a mi Miniyó pidiéndole que fuera niño, que a estas alturas no me hiciera quedar mal... Pero la revolución vino cuando se me inflamó un ganglio en el pie. No me dolía ni era nada preocupante, según mi matrona, pero era verano, lo llevaba al aire y en el barrio me dijeron de todo. Desde "eso es que la criatura viene de nalgas" hasta "no te fíes de la matrona, que yo conozco a una que empezó así y le acabaron amputando". Lo-ju-ro.

En el último trimestre ya me daba bastante por saco salir a pasear por el barrio porque era salir a la calle y siempre aparecía alguien a restregarme sin permiso una ramita de romero de la suerte por la barriga. Para que le diera suerte a ellas, por cierto, que si todavía lo hicieran por mí... Y según más avanzaba el embarazo menos se cortaba la gente en seguir opinando. En el último mes consiguieron incluso llegar a ponerme nerviosa, porque de repente empezaron a decirme -al loro- que me fuera mentalizando de que me iban a tener que hacer cesárea porque yo soy muy fina y estrecha. Y se quedaban tan anchos. Yo flipaba. Es que aunque fuera verdad que esa posibilidad existiera (que no existe), ¿qué necesidad hay de decirle semejante cosa a una embarazada a punto de salir de cuentas?

El otro día en el grupo de Facebook de crianza, me hizo mucha gracia ver a una mamá que le habían recomendado no andar descalza por casa durante la cuarentena y llevar tapones para los oídos. Estas historias, aunque no lo parezcan, son de principios del siglo XXI en occidente, así que no quiero ni pensar lo que tendrán que pasar las niñas en otras partes del mundo...








Cris. Educadora social especializada en atención temprana, mamá de dos y directora editorial.

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