Visita al zoo, por Magnentia




Todos sabemos que hay un mundo muy áspero ahí fuera, pero en nuestro cotidiano movimiento por el barrio, no solemos tener que verlo en todo su esplendor. La cosa cambia cuando vas a algún lugar que se supone apto para niños y la cruda y fea realidad queda patente sin posibilidad de huida… El domingo fuimos al zoo con la ranita de veinte meses, se empieza a interesar por los animales que nos encontramos por la calle y aunque pensábamos que no iba a aguantar ni dos horas, allá que nos fuimos. Preparamos una mochila grande con la bandolera, el mei tai y el fular, una muda, los pañales y añadimos una ensalada de pasta y pollo porque averiguamos que había merendero allí dentro. Salimos temprano para que nos cundiera la excursión.
Entrando en el zoo hay un dibujo con las caras de varios animales, entre ellos el panda. La ranita levanto su dictador dedo índice, señalo el panda y dijo eshte! Una vez consultado el mapa (un imprescindible para no perderse) nuestro achuchable objetivo estaba cerca. Descubrimos dos ejemplares dormidos y otro recostado sobre una roca masticando bambú, seguimos ruta y en otro cartel con un dibujo de un delfín se decidió nuestra siguiente parada. Al llegar nos abordo una madre con una silla con un nene, preguntando como entrar.

Habíamos oído como a otra madre la informaban de que con el carro debía entrar por la otra puerta y se lo comunicamos. El miembro del personal que regulaba el acceso nos miro con la nena en la bandolera y como la otra madre aun estaba cerca, recordó que los carros van por la otra puerta…. Adujimos que no teníamos carro ninguno.

El delfinario cuenta con un anfiteatro y nos apropiamos de cuatro asientos a la sombra no demasiado arriba. Con la información consultada en internet no contábamos con exhibición, pero ya estábamos empezando a necesitar un descanso. Allí sentados a la sombra seguíamos alegrándonos de haber elegido el porteo, nuestra forma de transporte habitual, especialmente útil en espacios pensados para peatones, cuando vemos que el lugar reservado para los padres y los correspondientes carros es una especie de jaula, a pleno sol, y sin asiento ninguno.



Anuncian por megafonía que empezara en breve la exhibición y nos miramos asombrados, así que por sorpresa y casualidad pudimos disfrutar de un gran espectáculo. La ranita miraba extasiada los saltos y piruetas de los delfines, casi sin pestañear. La ranita era quien decidía que dirección tomábamos y cuanto nos parábamos en cada habitáculo, hacíamos esa visita sobre todo por ella y aunque siempre la tenemos en cuenta en esta ocasión con más razón, naturalmente no niego que los demás también disfrutáramos, claro. Nuestra actitud contrastaba con lo que podíamos ver (y oír) a nuestro alrededor, padres tirando impacientes de sus hijos para llegar lo más rápido posible al siguiente enclave, niños gritando ¡Mira papa mira, mira mamaaaaaaa! Y que a pesar de los gritos eran ignorados por completo.

La ranita hace su siesta antes de comer y cuando empezaba a mostrar cansancio cambiamos la bandolera por el mei tai y buscamos un sitio tranquilo para pasear a la sombra, después de salir del terrario porque el nivel de ruido era demasiado elevado, terminamos en el acuario paseando entre los tanques.

Despertó pronto de la siesta y aunque era temprano optamos por ir a comer. Al llegar al merendero casi no había nadie aun. Pudimos comer bastante tranquilos, haciendo blw no necesitas llevar comida extra. Empezó a llenarse cuando estábamos empezando a recoger y en ese momento pudimos contemplar las escenas más agresivas del día. Una madre con dos hijos de unos tres y cinco años que mientras se gira para regañar al mayor por no comer tarda en darse cuenta de que su pequeño se había escapado hacia las escaleras, lo atrapo ileso y al volver se fijo en nuestra ranita, ella si es un lugar que no conoce y donde no se siente segura, no se aleja más de dos metros de alguno de nosotros y la madre señalándosela a su hijo fugitivo la pone de ejemplo edificante. En otra mesa detrás los gritos y las amenazas subían de tono poniendo de ejemplo en este caso a todos los niños que estaban en las distintas mesas al grito “¡Mira! ¡Ves! Todos los niños sentados comiendo”. Se nos hizo interminable recoger para irnos de allí.

Dicen que las comparaciones son odiosas. Pero desde aquí no puedo menos que hacer ver que lo que nos parece algo tan normal como tener en cuenta a todos los componentes de una excursión, sea cual sea su tamaño, se convierta en una experiencia tan excepcional. Que algo tan simple como comer sea convertido en una lucha de poder o una visita al zoo sea una carrera para poder verlo todo en el menor tiempo posible.



1 comentario:

  1. Antes de tener hijos, veía esos comportamientos en muchas parejas que llevaba a sus hijos a la compra, por ejemplo. Niños llorando, padres gritando y estresados, y yo preguntándome si no había otras opciones (como por ejemplo que fuera uno a comprar y que el otro se quedara en casa con el nene) Ahora me doy cuenta de que sí, de que hay otra opción: el respeto y la comprensión. Lo triste es que mucha gente no tenga esa empatía ni en un día supuestamente especial, como el que se supone que se vive yendo al zoo... Un besico, me ha gustado mucho el post!

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