Violencia

Últimamente se ha hablado mucho en el grupo de violencia obstétrica refiriéndose a partos dirigidos, cesáreas, episiotomías, desgarros... Yo hoy quiero hablar de un tipo de violencia obstétrica (no estoy segura de si se le puede llamar así) un poco más sutil pero que a mí personalmente me dejó muy marcada con mi primer hijo: la violencia psicológica `por parte de los profesionales.

La primera conversación que tuve en mi vida con una matrona fue así:

-Ella: Cuéntame (sin haberme mirado a la cara desde que entré por la puerta).
-Yo: Pues que estoy embarazada, me ha remitido aquí el médico de cabecera.
-Ella, levantando la cabeza por primera vez para mirarme por encima de las gafas, en un tono más bien despectivo: ¿Pero tú cuántos años tienes?

Empezamos bien... Y las siguientes visitas no fueron mejores. Era cerrar la puerta de la consulta y quedarnos solas, y ella ponía su mejor cara de culo. Una de las frases recurrentes con las que me solía recibir y que más me repateaba era: "¿Otra vez vienes sola?". No quería decirle, porque en el fondo le tenía miedo, que sí, que venía sola porque estaba sola. Suena absurdo pero entonces me sentía muy, muy vulnerable.

No fui a una sola clase de preparación al parto para no tener que verle el careto.

El día del parto rompí aguas en casa, y recuerdo que mientras me duchaba y preparaba las cosas tranquilamente para ir al hospital, me venía la cabeza continuamente que ya solo me quedaba una visita con ella y dejaría de verla para siempre (entonces te mandaban a la matrona cinco días después de parir para quitarte los puntos, porque la episiotomía era un procedimiento rutinario). Con lo que no contaba era con que en el hospital me iba a encontrar a más de lo mismo: Llegué a las 2 de la mañana y me recibieron dos señoritas con cara de sueño. No sé si eran matronas, enfermeras o señoras de la limpieza porque no dijeron ni hola. Solo "siéntate ahí y abre las piernas". Sin avisar metieron la mano, sin avisar me rasuraron y sin avisar me pusieron un enema que me dio un susto de que te cagas (nunca mejor dicho). Me dijeron que aguantara todo lo que pudiera y que después, ahí tenía el wáter. Cagué delante de ellas mientras hablaban de sus cosas y después me ataron a una camilla con monitores y desaparecieron. Solo entraron una sola vez a dejar a otra chica al lado mío, que pedía a gritos que le dejaran entrar a su marido mientras ellas la ignoraban, y aprovecharon para ponerme oxitocina. A la media hora apareció el marido. Yo había estado sobrellevando la situación más o menos bien hasta que apareció esta mujer chillando y retorciéndose de dolor. No era culpa suya, pobre, pero me puso muy nerviosa.

A las 5:30 llamé a la enfermera a gritos porque quería soltarme para ir al baño. Ella apareció, volvió a meter la mano y me dijo que no era caca, que era la cabeza. Me llevaron al paritorio y allí había una tercera chica que fue la que atendió el parto (las otras eran como sus auxiliares). Era una mujer rubia, con pecas, maquillada y con joyas. Me pareció una imagen totalmente fuera de lugar en ese momento. Resultó no ser mucho más simpática que las otras. "Buf, te has quejado demasiado pronto", "Estate quieta, ya sabemos que duele", etc. La cosa se resolvió con una episiotomía de 25 puntos. Salió mi hijo, le pusieron boca abajo, le empezaron a hacer cosas y, en un momento dado, me lo pusieron al lado. Me dio la sensación de todo era un teatro y de que me estaban enseñando un muñeco pringoso con un cable de teléfono antiguo que le salía del ombligo. Alargué la mano hacia él y me dijeron "¡No le toques!", así que retiré la mano de un respingo, asustada, y se lo llevaron.

Recuerdo poco más de las siguientes dos horas. Creo que me dormí hasta que aparecieron dos chicas para subirme a la habitación y me despertaron a la voz de "¡Uuuuhhhh, vamos a limpiar un poco toda esta sangre que da mucha impresión subirla así a planta!". Me subieron a la habitación, se fueron, me asomé a la cuna y estaba vacía. Le pregunté a la chica de la cama de al lado y me dijo que ahora me traerían al bebé, que por lo visto era normal y que a ella, que le habían hecho cesárea, no se lo habían dado hasta 7 horas después.

Al rato apareció una chica por fin con mi hijo en brazos, pero lo dejó en la cuna y se puso a contarme las normas (horarios para ir a las duchas, que entonces no había una en cada habitación, si quería biberones o le iba a dar teta, si quería analgésicos, etc.). Yo le iba diciendo a todo que sí mientras trataba de llegar a la cuna para asomarme al menos, pero no puedo verle (y cogerle) hasta que se fue.

Hablando con amigas mías a lo largo de estos años, me he dado cuenta de que no soy la única que se sintió mal tratada. Mi amiga Adela me contaba que se quejó en el parto del trato que estaba recibiendo y que su matrona le dijo algo así como que si se pensaba que ella era especial, que todos los días hay partos y que estaban siguiendo el protocolo de rutina. Mi amiga Mar, más de 20 años después de parir, aún sigue en juicios con el hospital por la discapacidad de casi el 90% que tiene su hija por falta de oxígeno debido, supuestamente, a una negligencia. A mi amiga Rocío, en si tercer embarazo después de dos abortos, le dijo su matrona que para qué seguía intentándolo a su edad. Etc.

Con esto no quiero asustar a nadie. Afortunadamente, las cosas están cambiando muchísimo. Parece que se está tomando conciencia, no sé si a base de denuncias o simplemente de sentido común, que aunque para los profesionales del materno un parto sea una rutina, para la otra parte es el acontecimiento más importante de su vida, y que habrá madres más preparadas para ese momento, otras más histéricas, pero que en ningún caso, nadie debería creerse con el derecho a convertir ese momento especial en algo traumático.

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