Sexo y lactancia

Nace el bebé y van pasando los meses... Poco a poco, la "novedad" para el resto del mundo va desapareciendo. Ya no hay visitas todos los días, ni llamadas de teléfono continuas para ver cómo va todo... Se van dejando de recibir regalos para el bebé, incluso tal vez se haya acabado la baja maternal. Todo vuelve, supuestamente, a la normalidad, al menos de cara a la galería, pero probablemente, en la intimidad, las cosas distan mucho de ser igual que antes de todo esto. 
Cuidar de un bebé es agotador, y la implicación emocional continua hace que pueda resultar más cansado que la misma jornada en el trabajo aguantando al gilipollas del jefe. Van pasando los meses, meses de 30 días, de 24 horas cada día pegada literalmente al bebé, día y noche. 
Recuerdas que cuando nació, tu pareja y  tú lo mirabais sin saber muy bien qué hacer. Era una personita nueva entre los dos, no le conocíais, teníais que aprender a cuidarle, a quererle. Pero ahora han cambiado las tornas: Mamá y Bebé son una sola persona y tal vez es Papá el que empiece a verse como un extraño, tal vez incluso desplazado incluso de su propia cama.
Quizás es un gran padre, se implica al máximo, respeta todas tus ideas de crianza... pero la teta es tuya y la teta es continua. 

...

De repente el bebé se duerme. Nunca se duerme sin la teta en la boca pero hoy ha pasado. Ha caído profundamente en su hamaca y promete al menos una hora de sueño. Papá y tú estáis al lado, en el sofá. Es domingo y no hay nada que hacer, es la hora de la siesta, la luz es tenue y el ambiente invita al acercamiento. Sabes que sería un momento ideal para vosotros dos, que desde que nació el bebé el sexo se ha reducido a algún encuentro esporádico de menos de cinco minutos bajo las sábanas procurando no hacer ruido. Pero qué pereza... Estás cansada, muy cansada, tanto física como emocionalmente, y prefieres mimos, abrazos, chocheo, un rato largo de arrumacos que te recuerden poco a poco quién es ese señor que vive con vosotros, antes de entrar en faena. 
Pero Papá no está agotado, ni tiene un instinto de supervivencia que le hace dejar el sexo en un segundo plano, ni está invadido por la prolactina y otras hormonas antagónicas al deseo. Sigue siendo el mismo, pero la que no eres la misma eres tú. Ni si quiera te reconoces ante el espejo.
Puede que él insista en el acercamiento y puede que incluso eso llegue a molestarte. Puede que prefieras hacerte la dormida, o incluso dormirte porque realmente cualquier oportunidad de reponer sueño es bienvenida. Puede que decidas esforzarte y seguirle el juego, y puede que acabes llegando al orgasmo, pero también puede que no.

Se te pasa por la cabeza que tal vez él se acabe hartando de esta situación. Ya no eres la mujer fuerte, activa, siempre dispuesta y de tetas en su sitio de la que él se enamoró tiempo atrás.

...

¿Qué se puede hacer? Poco. 

Encuentra el momento para hablar con él. No en ese momento en el sofá sino cuando esteis dando un paseo o en cualquier sitio tranquilo. Explícale cómo te sientes, lo que te está pasando. Explícale que te gusta como siempre y que valoras infinitamente su ayuda, que esta es una fase normal, otra fase más de la maternidad, y que estás orgullosa de estar viviéndolo con él. Porque es verdad, lo estás. Las cosas ya no van a volver a ser como antes porque ya no vais a salir de juerga hasta las tantas, ni vais a poder comer tranquilos en un restaurante durante mucho tiempo, pero esto es ahora así porque lo habéis elegido a cambio de una vida nueva en la que, puntualmente, se pueden echar de menos momentos locos, pero que es mucho más plena y que, con un poco de paciencia, os unirá mucho más que antes.

5 comentarios:

  1. Ohhhh, totalmente de acuerdo! Gracias por poner palabras a esta situacion.

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  2. Tal cual. Y si encima cuando te da un arranque a ti chocas con el dolor que te produce la cicatriz de la episiotomía pues ya es que se te quitan las ganas del todo. Sé (o espero) que pasará...

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