Los fantasmas de la maternidad


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“...lo lógico es que llore, grite, vomite, patalee, diga “sed”, “hambre”, “pupa”, “no te quiero”... lo que sea con tal de conseguir que os dobleguéis, pero ni os inmutéis ... Y si os cuesta mucho, pensad que lo estáis haciendo por su salud y la de toda la familia...” 


¿Por qué un libro como "Duérmete, niño", que es prácticamente una apología del maltrato infantil, llegó a hacerse tan popular? ¿Cómo es posible que millones de madres en todo el mundo le hicieran más caso que a su propio instinto? Quizás, aunque esta es solo una teoría, tenga algo que ver con las circunstancias políticas y sociales del momento: con la revolución sexual, la independencia laboral de la mujer, el feminismo mal entendido que deja en segundo plano la maternidad y trata de igualarse al hombre en logros y poder... Me explico:

A finales del siglo XX la supuesta igualdad de género estaba en boga. El éxito se medía en la capacidad de ascender socialmente, de tener un estatus... y de ser capaz de "reponerse" en el mínimo tiempo posible de la maternidad (como si la maternidad fuese una enfermedad) para volver a ser una ciudadana funcional. No había nada más chupi-guay, el colmo de la mujer 10, que tener un trabajo en el que llevar americana y presumir de figura un año después de dar a luz a un niño gordo y dormilón que "molestase" lo menos posible.

Desde la primera visita a la matrona, se daba una suscripción gratuita a las revistas "Ser Padres" y "Mi bebé y yo", donde cada semana era prácticamente un monográfico dedicado a los beneficios de métodos de crianza conductitas: artículos, consultorios, testimonios... En las primeras visitas al pediatra, por si acaso la mamá vivía en Marte y aún no se habías enterado, le daban un esquema-resumen en los pasos básicos del método Estivill y una lista de sus resultados deseables: Los dos o tres primeros días serían duros, pero había que resistir al cansancio y el malestar para obtener recompensas. Con un mes, el bebé debería dormir al menos seis horas del tirón. Por el día debía aprender a entretenerse solo mientras mamá hacía sus cosas. Con cuatro meses, se iniciaría el destete y con seis meses tendrías plaza en la guardería que debías haber solicitado durante el embarazo. Ese bebé "bien educado" no tendría problemas en quedarse con sus cuidadoras, en dormir solo o en no protestar cuando los fines de semana le dejaran con los abuelos porque mamá y papá saldrían de fiesta como habían hecho hasta entonces y no deberían dejar de hacer. Porque parir no debería esclavizar, porque si mamá cambiaba su vida y sus costumbres en torno al bebé, acabaría echando de menos su propia vida, caería en la comparación con otras mujeres y con su pareja y eso podría llevarle a una profunda depresión. Los métodos de crianza conductistas (y el método Estivill, como el culmen de todos ellos), eran nada menos que la ciencia al servicio de la liberación de la mujer.

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En este último año he coincidido con otras tres madres que, como yo, se han vuelto a quedar embarazadas después de más de una década. Amanda, con un hijo de 15 años, me comentaba que le estaba costando una barbaridad "desaprender" los métodos de crianza que tenía asimilados desde siempre, no como un método más sino como el único válido. Mi amiga Ana, con un niño de 11 años, me preguntaba, confundida, si a mí también me habían hablado de porteo en las clases de preparación al parto, y bromeaba: "Yo creo que tu matrona y la mía están conspirando para jodernos porque ellas también tuvieron niños excesivamente dependientes...". Yo, por mi parte, he llegado a tener durante mi segundo embarazo serias dudas ante todo esto de la crianza natural. ¿Cómo era posible que ahora me estuvieran adiestrando en técnicas radicalmente opuestas a las de la primera vez? ¿Y cómo es posible que, tanto en el primer embarazo como en el segundo, pareciera estar claro que el método que me enseñaban en cada momento era el único válido y el único del que resultaría un niño equilibrado y una familia sana y feliz? Evidentemente, uno de los dos era equivocado. Me costó muchos meses entenderlo... Hasta que nació mi hija. Dicen que no hay mayor cristiano que el converso y así me sentí, hasta el punto de que ni si quiera llegué a acostar a la niña ni un momento en la cunita del hospital. En el momento que la vi, entendí que no podía dejarla llorar, que mi matrona nueva tenía razón, que algo desde dentro de mí me lo estaba diciendo...

Y desde entonces, además, no solo me preocupó ella. Pensé también en mi hijo mayor y me di cuenta de mi error. Y empecé a pensar si sus limitaciones no serán culpa mía y de los traumas que le haya podido causar pensando que hacía lo mejor para él... Sé que esto puede parecer exagerado y que probablemente no tiene nada que ver el TDAH que me estuvo volviendo loca hasta hace poco y sus manifestaciones (que todavía perduran) de apego inseguro con Estivill. O sí, no lo sé. El hecho de que siempre estuviera reclamando atención de formas poco adecuadas, o la supuesta diferencia entre cómo se comportaba en casa (un niño muy bueno) y como decían que se comportaba en el colegio (autoritario con sus compañeros, sumiso con los profesores, apático con las tareas...), ya no sé si relacionarlo también con los métodos de crianza que seguí con él. No quiero que parezca que he encontrado una cabeza de turco (Estivill) para echarle la culpa de mis fracasos en la educación de mi hijo, pero sí que me cuesta perdonarme el haber seguido esa línea, haberme dejado convencer sin haberme parado por un segundo a escuchar mi instinto maternal, no haber puesto en duda ni por un momento toda esa teoría, en parte porque tampoco podía pararme a recrearme en mi maternidad en una época en la que no tenía ni edad, ni pareja, ni un trabajo decente... Pero es que había leído miles de páginas sobre crianza, el mismo pediatra me había recalcado este tema... y resulta que todo era un enorme error.

Sin embargo, entiendo a quienes ahora critican los métodos que sigo con mi hija (teta a demanda, colecho, etc.). No a los opinólogos entrometidos, sino a los familiares cercanos que dan su opinión porque de verdad están convencidos de que estoy malcriándola como yo misma lo estaría si me hubiera visto hace unos años por un agujerito. Recuerdo hace unos cinco años, una entrevista que vi por la tele a Carolina Cerezuela (no recuerdo a cuento de qué, era en un programa de Cuatro o de La 2, pero sí recuerdo el plató y hasta el vestuario como si lo estuviera viendo ahora mismo). Fue la primera vez que oí hablar de crianza natural y me quedé muy sorprendida. Ella contaba que había leído mucho, había hablado con psicólogos, y había llegado a la conclusión de que jamás iba a dejar llorar a sus hijos (me parece que tenía gemelos). Yo estaba casi escandalizada de que dijera eso por la tele y pensaba: "¡No! ¡No le digas eso a las madres, las vas a confundir! ¿Qué libros habrá leído, si lo que pone en los libros es exactamente lo contrario? ¡No debes cogerles! Sé que cuesta pero es lo mejor para ellos y para toda la familia. No debemos criar niños dependientes y miedosos!". Qué equivocada estaba...

Intento ahora recuperar el tiempo perdido con mi hijo, hacerle ver continuamente, 14 años más tarde, que le quiero con toda mi alma y que siempre quise lo mejor para él. Intento que vea en su hermana un reflejo de cómo yo le quería a él... Pero tengo mucho miedo de que ya sea demasiado tarde. 14 años, más preocupado de la niña que le gusta que de las 5 asignaturas que tiene pendientes, contestón a veces y mentiroso aún más veces para que no nos enfademos, para llamar la atención... Me siento muy culpable, mucho.

La maternidad es algo demasiado enorme, demasiado serio, que requiere mucha más implicación de la que en aquel momento me hubiera llegado a imaginar. No entiendo, por este motivo (y sé que es un tema extremadamente peliagudo) que en España se quiera prohíbir el aborto y que se fomente la llegada al mundo de niños que jamás serán queridos (contrariamente a todos los certificados de idoneidad que se piden para poder adoptar), no entiendo que se sigan publicitando por la tv métodos como los de Supernanny (que no dudo que sean muy eficaces en casos concretos de niños con trastornos graves de conducta diagnosticados) cuando ya está sobradamente demostrado que el único aprendizaje de cualquier índole se basa en la disciplina positiva y la integración afectiva de lo que se aprende, más allá de las recompensas que se puedan obtener (o los castigos que se puedan evitar). Por eso me uní a esta tribu, porque no quiero dejar de aprender. Quizás ahora también esté equivocada (porque estoy igual de convencida que en la primera ocasión de estar haciendo las cosas bien y resulta que entonces me estaba equivocando), pero al menos esta vez, si se demuestra mi error dentro de unos años, nunca jamás podré volver a sentirme culpable, porque estoy actuando desde el amor, no desde una teoría aprendida, y el amor no malcría.

2 comentarios:

  1. Lo que dices es lo mismo que no se cansa de repetir mi madre a cada paso que damos con la ratona.
    "En el hospital nos regalaban si nos veían con los bebes fuera de la cuna y nos decían que jamas colecho porque les íbamos a aplastar"
    "Nos obligaban a destetar y a llevar en carro. Nos enseñaban a pensar que nuestro instinto sólo conseguiría dañar al bebe"
    Todas estas cosas las dices con una pena en la voz que te llega al alma.
    Y pese a todo yo he salido muy bien y tu hijo seguro que también pues pese a haber tenido una guías incorrectas lo quieres muchísimo y se lo has demostrado. Y cada día se lo demuestras más. Sobretodo en una época tan importante y difícil.
    Muchos besos y ánimo.

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  2. Pienso, que la maternidad antes y ahora, es demasiada presión para las mujeres. Todo mundo tiene alguna pendejada que decir. Todos, aún sin ser madres y aún sin tener útero. Hay miles de guru, que nos dicen como ser madres y con hijos desastrozos. Y ya de por si una se presiona tanto. Quiere ser perfecta. Quiere hacer lo mejor. Me estoy hartando de tratar de ser la madre ideal.

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