CAMBIOS por Cristina Davó

 Después de cinco años de carrera y siete estudiando oposiciones mientras trabajaba, por fin aprobé, saqué plaza y pude dedicarme a la enseñanza, aunque ello supuso dejar mi casa y trasladarme a otra comunidad. Soy profesora de secundaria, de Lengua y Literatura. Así se produjo el primer gran cambio en mi vida. El contacto con los niños y adolescentes me ha enseñado mucho, es lo más rico de mi trabajo, aprender de ellos. Sin embargo, conocer el sistema educativo desde dentro ha sido mayormente una gran decepción. No hay recursos para el tipo de enseñanza que me gustaría ofrecer y, sobre todo, no hay en general ilusión por cambiar las cosas ni conciencia de que los métodos tradicionales de productividad, competitividad y finalidad "borreguil" de los planes de estudio deben abandonarse en pro de una educación emocional, que fomente la creatividad del alumnado y potencie las cualidades de cada uno y de cada una como individuos singulares. Es mi experiencia en los dos centros que he trabajado, tampoco quiero decir que sea así en todos los IES públicos, pero lo cierto es que los currículos y el sistema de enseñanza predominante están obsoletos según mi opinión. Aún así, entro cada día con fuerzas renovadas en el aula, voy siempre a la zaga de mis compañeros de departamento, sin completar las programaciones porque suelo prescindir del encorsetamiento del libro de texto, realizo toda la formación que puedo para implementar métodos alternativos... En definitiva, me dejo la piel, creo, para motivar a mis alumnos y alumnas con una asignatura que suele ser de extremos (les gusta o la odian), que a mí me apasiona, pero cuyo enfoque es tan teórico, tan repetitivo, que puede resultar aburrida e incluso frustrante. Con lo maravillosa que es la Lengua, es nuestra herramienta de comunicación, el vehículo de nuestros pensamientos, la palabra es poder, la sintaxis ordena nuestros esquemas mentales, la comprensión lectora nos hace libres... Sí, pero no tal y como está planteada. Podría seguir hablando de este tema, exponiendo todas mis inquietudes y el desánimo que a veces me embarga y cómo resurge mi entusiasmo cuando veo los frutos de mi trabajo. Sin embargo, quiero contar el segundo y más profundo cambio de mi vida. Comenzó hace dos años, cuando me quedé embarazada por primera vez. Nunca he sido una persona de convencionalismos, mi vida no ha seguido los senderos marcados por esta sociedad, he actuado siempre según mis principios a pesar de que no cuadraran con lo que se esperaba de mí. Así, mi pareja y yo no decidimos embarcarnos en la búsqueda de un hijo hasta que realmente no lo deseamos (después de 15 años de relación). Pero las cosas no salen siempre como una espera y la niña que llevaba en mi vientre no pudo nacer, la perdí a las 22 semanas. Era mi niña, y ese sería otro tema, por qué la gente quiere que la olvide cuando para mí siempre será mi primera hija, tiene su nombre y es insustituible. Sufrí mucho, tuve que pasar por un parto inducido, para salir del hospital con los brazos vacíos. Sin embargo, ya sí se había despertado en mí la lucecita de la maternidad y seguimos intentándolo. Después de otro aborto a las 9 semanas, en octubre pasado por fin tuve a mi hijo, Marcos. El embarazo tampoco fue fácil, con reposo desde los seis meses por riesgo de parto prematuro, mi padre falleció en el transcurso del reposo y no pude despedirlo... Los golpes que vamos recibiendo en esto del vivir. Y así culminó el gran cambio. El que me ha transformado por completo. Leí mucho durante el embarazo y lo sigo haciendo en los ratitos que consigo sacar, la mayoría con mi niño encima durmiendo. Me parece increíble cómo algunas personas (todavía mayoría) no se cuestionan nada en relación con la crianza de sus hijos, aceptan lo que se supone que es "normal" o "lo que se ha hecho toda la vida", creen en la palabra de su pediatra como si fuera dios y no sienten la inquietud de cuestionar si lo que están haciendo responde a su instinto y al sentido común. Yo no puedo decir que tuviera instinto maternal, era una mujer activa, deportista, me gustaba arreglarme y quizá incluso se podría decir que era superficial, creía en mi trabajo como forma de realizarme. Y ahora, después de casi cinco meses con mi peque, no quiero volver al trabajo (no es que no quiera volver a trabajar nunca, porque me encanta mi profesión), me da igual que me digan que estoy estropeada, me olvido de horarios y soy inmensamente feliz de estar todo el día con la teta fuera porque veo la repercusión que tiene en mi bebé lo a gusto que me siento con lo que ahora me toca, que es criarlo. Me he dado cuenta (aún más) de que estamos sumergidos en una sociedad superflua, movida por los intereses económicos y que no valora para nada la crianza de un hijo. Todo lo que nos venden como "normal" o como "bueno" para nuestros bebés y niños no lo es para ellos, sino para nosotros, como adultos que debemos volver al trabajo en seguida, debemos seguir con nuestra vida de antes como si no hubiésemos tenido al hijo. Salir, arreglarse, borrar cuanto antes las huellas del parto, volver a ser la de antes. Pues no, yo nunca lo seré. Ni quiero. Ahora lo que quiero es estar con mi hijo, disfrutar de una etapa tan corta y que pasa tan rápido. Estoy orgullosa de haber parido de forma natural, a pesar de que me desgarré entera y aún no he superado las secuelas, por lo que algunas mujeres ya me han recordado mi empecinamiento y lo bien que me hubiera ido con una cesárea. Estoy orgullosa de haber insistido con una lactancia muy difícil al principio y que me provocó muchas molestias los dos primeros meses. Estoy orgullosa de portear y sentir el calor de mi hijo, lo a gusto que va (vamos). Estoy orgullosa de que mi bebé duerma con nosotros a pierna suelta, de que se críe con nuestro perro, apuesto a que muchos productos supuestamente seguros que se llevan a la boca los niños son más nocivos que un animal limpio y cuidado. Estoy orgullosa, en fin, de guiarme por mi instinto y hacer oídos sordos del bombardeo de mi alrededor. Sé que me queda mucho por luchar y por eso me encanta pertenecer a esta tribu, porque me siento menos sola y menos loca, porque aquí encuentro fuerzas para continuar por el camino que he tomado cuando todos están en contra (menos mi pareja, él sí me apoya incondicionalmente). Y ya por último, que soy muy dada a enrollarme, sé que mi hijo no va a ir a la guardería, ni va a ir al colegio a los 3 años. Yo no puedo dejar de trabajar (por ahora), pero afortunadamente su padre estará con él por las mañanas. Creo que este año de elecciones deberíamos de exigir a los partidos que planteen (y luego cumplan) medidas de apoyo a la maternidad, a la lactancia, a la crianza, a la educación libre. Somos ya muchas personas las que estamos cambiando las cosas, pero es necesario el apoyo económico y social. Que dejemos de ser vistos como hippies locos, radicales, y se reconozca la importancia de lo que estamos haciendo. Prometo volver por aquí. Gracias por todo. CDR

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